Políticas públicas y programas preventivos exitosos
Costa Rica, reconocida por su estabilidad política y su
apuesta histórica por la paz, enfrenta desde hace algunas décadas el desafío
creciente de la criminalidad y la violencia, fenómenos que ponen a prueba su
capacidad institucional y el tejido social. Frente a este reto, el país ha
impulsado diversas políticas públicas y programas de prevención que, más allá
de sus resultados estadísticos, constituyen experiencias valiosas de gestión,
articulación interinstitucional y participación comunitaria. En esta entrada
analizaremos dos de estas experiencias: la Estrategia de Desarrollo, Prevención
de la Violencia y el Delito en Desamparados (2015-2018) y el programa Policía y
Juventud, desarrollando un análisis crítico y proponiendo ideas para su
fortalecimiento.
El caso de Desamparados
La Estrategia de Desarrollo, Prevención de la Violencia y el
Delito en Desamparados surgió como respuesta a la escalada de violencia que
afectó al cantón en 2014, caracterizada por un aumento alarmante de homicidios,
en su mayoría vinculados al sicariato y al narcotráfico local. El programa se
enmarcó en una visión de coproducción de la seguridad, articulada entre el
Estado, los gobiernos locales y la sociedad civil. Según Solís Moreira (2015),
esta estrategia “pretende activar a los actores locales como contrapartes
activas para decidir y decidir respecto a la prevención de la violencia y del
delito” (p. 5).
Lo innovador del modelo fue su enfoque multisectorial:
combinó intervenciones en áreas de urbanismo, educación, empleo, cultura y
salud, con la intención de atacar las raíces estructurales de la violencia. La
estrategia se apoyó en el Consejo Cantonal de Coordinación Interinstitucional
(CCCI), que permitió articular las acciones de las diversas instituciones
involucradas, y en el programa Tejiendo Desarrollo de la Casa Presidencial,
encargado de facilitar la relación entre el Gobierno Central y el territorio.
Entre las principales acciones ejecutadas destacaron: el
mejoramiento de espacios públicos, la creación de oportunidades recreativas y
culturales para la juventud, la promoción del empleo y el fortalecimiento de
redes comunitarias. El modelo planteó, además, una lógica de intervención
diferenciada por zonas, atendiendo a los contextos específicos de cada
distrito.
El programa Policía y Juventud
Otra experiencia destacable es el programa Policía y
Juventud, impulsado por el Ministerio de Seguridad Pública y FUNPADEM, con
apoyo de la Embajada de los Estados Unidos. Esta iniciativa surgió para mejorar
el vínculo entre la policía y las juventudes en riesgo, promoviendo un modelo
de prevención basado en la proximidad, la confianza y el respeto de los
derechos humanos.
El programa combinó un proceso de capacitación y
sensibilización para el personal policial con un componente fuerte de
participación juvenil. Se diseñaron módulos de formación sobre desarrollo
psicosocial de la adolescencia, derechos humanos, género y diversidad, y
prevención del delito. Paralelamente, se promovieron espacios de diálogo entre
jóvenes y policías para derribar estigmas y generar confianza.
Uno de los elementos más valiosos del programa fue su
apuesta por el análisis del territorio mediante el mapeo de problemáticas, lo
que permitió a las delegaciones policiales diseñar planes de acción ajustados a
las necesidades locales. Este enfoque es coherente con la necesidad de
contextualizar las políticas preventivas y superar los modelos de intervención
estándar que tantas veces fracasan al no considerar las realidades del
territorio.
Un ejemplo concreto de este enfoque es el programa Ligas
Atléticas Policiales, implementado en mayo de 2025 en el Liceo Experimental
Bilingüe de Palmares. Según el MEP, participaron 1 585 estudiantes y 140
docentes en sesiones deportivas orientadas a fortalecer “empatía, respeto y
convivencia” bajo la supervisión de la Fuerza Pública.
Elementos que explican su éxito
Aunque ambos programas enfrentaron limitaciones (como la
falta de sostenibilidad por cambios de gobierno o dificultades para asegurar la
continuidad de los recursos), tienen en común una serie de características que
explican su impacto positivo en las comunidades donde se implementaron:
- Articulación
interinstitucional real: Las dos iniciativas lograron, al menos en sus
fases iniciales, que las instituciones involucradas trabajaran de manera
coordinada, superando la lógica fragmentada que muchas veces caracteriza a
las políticas públicas en nuestro país.
- Enfoque
integral: No se centraron únicamente en la acción policial o
represiva. Combinaron dimensiones sociales, culturales, urbanísticas y
educativas para atender las causas profundas de la violencia.
- Participación
comunitaria: Tanto la estrategia de Desamparados como el programa
Policía y Juventud entendieron que la prevención del delito solo es
posible con la participación activa de la comunidad. La creación de
espacios de diálogo, redes de apoyo y comités locales fue clave para
fortalecer el tejido social.
- Adaptación
territorial: Ambos programas partieron de un diagnóstico de la
realidad local, lo que les permitió diseñar intervenciones ajustadas a las
necesidades y características de los territorios.
Lecciones aprendidas y desafíos pendientes
Las experiencias analizadas dejan valiosas enseñanzas. En
primer lugar, confirman que la prevención efectiva requiere de un enfoque
integral y multisectorial. La reducción de la violencia no es posible si no se
actúa sobre sus causas estructurales: pobreza, exclusión, desempleo, deterioro
del espacio público, falta de oportunidades para los jóvenes. En palabras de
Solís Moreira (2015), “la coproducción de la seguridad implica la necesidad de
una gestión pública ampliada en la seguridad, desde diversos niveles
administrativos, de lo intersectorial, lo interinstitucional y lo local” (p.
5).
Sin embargo, ambos programas enfrentaron desafíos
significativos. La continuidad en el tiempo es uno de los más importantes. Las
estrategias preventivas no pueden depender de los ciclos políticos o de la
voluntad individual de ciertos funcionarios. Requieren políticas de Estado
sostenidas, con asignación estable de recursos y mecanismos de seguimiento y
evaluación.
Otro desafío es lograr que la participación comunitaria
trascienda los espacios formales de consulta y se convierta en una verdadera
cogestión de la seguridad. Esto implica ceder poder real a las comunidades,
fortalecer sus capacidades y generar confianza entre la ciudadanía y las
instituciones.
Finalmente, las estrategias preventivas deben avanzar hacia
una mayor inclusión de enfoques diferenciados. La violencia y el delito no
afectan a todas las personas por igual. Es necesario diseñar políticas que
consideren las especificidades de género, edad, condición socioeconómica y
ubicación geográfica.
Una propuesta para fortalecer las políticas preventivas
locales
Como ejercicio creativo, propongo imaginar un programa
denominado “Seguridad Viva Costa Rica”, que retome y amplíe las lecciones de
los programas analizados. Este programa podría tener los siguientes
componentes:
- Comités
de cogestión de seguridad: Espacios locales con poder vinculante en la
definición, implementación y seguimiento de las estrategias preventivas.
- Laboratorios
territoriales de prevención: Espacios donde se diseñen, prueben y
ajusten innovaciones preventivas de acuerdo con las necesidades del
territorio.
- Programa
nacional de empleo juvenil en territorios prioritarios: Como parte de
la estrategia preventiva, con apoyo de la empresa privada y el INA.
- Red
de espacios seguros: Recuperación y gestión comunitaria de parques,
canchas y centros culturales.
- Sistema
nacional de monitoreo y evaluación: Para dar seguimiento continuo y
transparente a las acciones, con participación ciudadana.
Un programa así requeriría recursos, voluntad política y un
compromiso ético con el derecho a la seguridad como bien común.
En resumen, Costa Rica ha demostrado, a través de
experiencias como la estrategia de Desamparados y el programa Policía y
Juventud, que es posible avanzar en la prevención de la violencia y el delito
mediante modelos integrales, participativos y adaptados al territorio. El reto
es consolidar estas iniciativas, transformarlas en políticas de Estado y seguir
innovando para responder a los nuevos desafíos de la seguridad ciudadana. Como
futuros profesionales de la criminología, debemos asumir la responsabilidad de
pensar, proponer y construir políticas preventivas que estén a la altura de las
necesidades de nuestra sociedad.
Referencias
FUNPADEM. (2020). Diálogos juventud-policía:
sistematización de mesas de trabajo entre juventud y policía. San José,
Costa Rica: FUNPADEM.
Solís Moreira, J. (2015). Seguridad ciudadana y
prevención de la violencia en Costa Rica: estrategia operativa de coproducción
y corresponsabilidad. San José, Costa Rica: FES América Central.
Ministerio de Educación Pública. (2025). Ligas Atléticas
Policiales visitan Liceo Experimental Bilingüe de Palmares. Recuperado de https://www.seguridadpublica.go.cr/politica_nacional/politica_nacional_seguridad_publica_2023-2030.pdf
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